Curioso cómo, cuando no se sabe; cuando no se está segura; cuando no hay luz ni sombra, se entra a improvisar, a revisar y olvidar por capítulos, sin intención ni motivos, ni por omisión; se vive, se siente, aparecen cosas desaparecidas y aparecen otras nuevas; desaparecen los fantasmas, y los esqueletos se hacen polvo; el sol sale, y se esconde, la lluvia cae sobre esponja, y el rio desaparece bajo las flores del ego henchido, regado por el rocío de los elogios llevados por el viento.

Nada importa, sólo el día; nada tiene sentido, sólo vivir, no quedarse con las ganas, Carpe Diem, dicen por ahí, no son cuentos. Levantarse, sin saber qué va a pasar; empezar aquí, y terminar allá; que mejor estimulante que la incertidumbre, vivir hiperventilada, esperando nada en particular, a sabiendas de que cada dia puede ser el fin.

Una piedra en el camino, ya no es una piedra, ya no es un obstáculo ni una pelota improvisada; son colores, son formas, espacios y texturas, un mundo cada una: las hojas, el agua, la gente, las conversaciones irrepetibles, los segundos que desaparecen.

Mezcla de infante y condenada a muerte; cada día es una oportunidad, tomo el tren y viajo por parajes conocidos, para releer los recovecos que había pasado por alto y maravillarme nuevamente. Ya no cuento las horas, no pienso en mañana, porque mañana no existe, sólo hoy, y los sabores del ayer, las migajas en la falda que me hacen rememorar felicidades pasadas.

Rayitas en la pared, para contar dias felices; los dias negros no se cuentan.

Tirada de espaldas en la arena para ver las estrellas, con el frío calando hasta los huesos.

Caminando por la lluvia sin paraguas, mojándose los zapatos a propósito.

Correr hasta alcanzar la felicidad.

Como una niña, como condenada a muerte.